jueves, 20 de junio de 2013

Borrador a parte.

Y allí estábamos, uno frente al otro. Sin decir nada. Ya no había mucho más que decir. Era uno de esos momentos en los que las palabras se agotan y solo quedan sentimientos.
Su mirada triste y distante me decía a gritos que le había echo daño y que me odiaba por ello.
La mía no se dejaba ver. Se ocultaba detrás de capas y capas de rímel y alguna que otra mentira que me había llegado a creer.
ÉL tragó saliva. Yo me humedecí los labios.
Ninguno de los dos estábamos dispuestos a dar el paso.
Si decíamos en voz alta aquello a lo que tanto miedo teníamos se convertiría en verdad, y la realidad vendría a clavarnos cristales en la cara y en el cuerpo entero. Millones de cristales diminutos que nos acabarían rompiendo.
- Has roto tu promesa.- Dijo ÉL casi en un susurro y con la voz rota.
¿Que se supone que debía contestar a eso?
- Sé que la has roto. Pero yo no. Y por eso estamos aquí. - Me miró, con más lágrimas en los ojos y me sentí la peor persona del mundo. Sí, había roto mi promesa y por eso él estaba llorando.
- Has roto tu promesa, por eso yo estoy llorando. - Me dijo, como si me hubiese leído la mente.
Se levantó y se fue con sus lágrimas.
Yo me quedé allí, mientras mis lágrimas intentaban traspasar las capas de rímel y las mentiras.
Entonces me di cuenta, la moneda había caído con el lado CARA hacia arriba.
Pero para entonces ÉL ya no estaba allí.
En realidad yo no había roto mi promesa después de todo.
ÉL había roto la suya.

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